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Si las pinturas rupestres hubieran sido hechas con oro, ya no existirían. Si los petroglifos hubieran sido labrados sobre gemas, no quedarían vestigios. Pero si algunos quedaran y fueran “descubiertos” por una expedición científica, allí estarían las revistas de marca para ensalzarles el brillo y reseñar la hazaña, allí estarían el Presidente y sus autoridades culturales para tomarse la foto, allí las promociones turísticas, las explicaciones suntuosas, la apoteosis de los quilates y el entusiasmo de los magnates.
Esto significa, por un lado, que la valoración histórica oficiosa no radica en el fundamento generador de los cambios, sino en al engranaje aquilatador contemporáneo. Y por otro, que lo que alumbra y deslumbra no es la esencia sino el ornamento.
Pero pinturas rupestres, petroglifos y geoglifos no sólo han sido hechos con savia y tierra, con la humilde y portentosa magia de los fundadores, sino que habitan en cañadas inaccesibles, en pampas interminables, en montañas desafiantes y en arenales ardientes que la civilización del envase soslaya.
Aunque de esa arcilla emergió el criador de la papa y del maíz, el pueblo que crió al ají y a los frijoles y que cifró sus saberes en las paredes de los abismos. El pueblo que jamás dejó de ser nuestro abuelo, generoso desde los recuerdos sin los que no hay futuro.
Esta suerte de bandera disidente –porque la academia pocas veces cultiva el ímpetu que requiere el adentrarse–, puede percibirse en el trabajo de Daniel Castillo, no sólo en la marcha de años por la cuenca del Chicama y en el propósito de reseñar minuciosamente las evidencias, sino también en la sincera consideración y respeto para con la población del área.
El propio criterio de cuenca utilizado por Daniel para el estudio del arte rupestre es, en sí mismo, valioso, pues evita el riesgo de la focalización desmembrante o la no correlación entre ancestrales territorios y jurisdicciones políticas actuales, a más de evidenciar un implícito vínculo entre los sitios y el agua.
Por otro lado, tampoco incurre en esa farragosa tendencia de describir las imágenes en lugar de contemplarlas, que es un poco como rascar donde no pica (imaginemos, si cabe, la posibilidad de sólo describir El Guernica y reconstruirlo sobre la base de datos esquemáticos). El trabajo incluso da las pautas para contar con los elementos que permitan comprender el proceso de construcción de pictografías y petroglifos, así como criterios de estilo y el universo simbólico que podrían evocar.

Trabajos como el de Daniel tienen carácter fundacional, no sólo porque la producción al respecto es hasta ahora un tanto enclenque -con notables excepciones- y ocurre en un contexto en el que tropezar con la misma piedra es una especie de deporte nacional (como ya lo es el imitar los tropiezos considerados magistrales), sino porque toma al arte rupestre como fuente y raíz de procesos históricos ulteriores, así como del contínuum cultural, y no como mero objeto circunstancial de estudio.
La imagen, como la palabra a través de la tradición oral, va más allá del recurso mnemotécnico y es probable que su complejidad haya espantado de su tratamiento a quienes por su propia limitación terminaron ubicándola en el desván de lo adyacente. Pero ya vemos cómo emerge algo más que una preocupación por aquello que constituye el franco cimiento de nuestro estar, que va más allá de ser un simple relicto destinado al ojo del erudito, para asumir el carácter de patrimonio vivo y coherente con la razón de ser de los pueblos y su cultura.
Y es que hay una suerte de espiritualidad intransigente en la memoria de los abuelos, en ese afán de no partir, de anidar siempre entre los que viven vivos y de hacerse escuchar entre el bullicio de la aceleración y la rentabilidad. Es aquel ánimo, quizá, el que impele a este andar y desandar, a esta gesta aleccionadora que implica aprender de los ayeres para sustentar los mañanas, y que halla en la hondura y belleza del arte rupestre la posibilidad de “llegar al mismo nacimiento del camino, rehacer todo”, como dijera Heraud.
Así, el esfuerzo de Daniel Castillo posibilita no sólo el conocimiento de las expresiones culturales más antiguas de nuestras comunidades, sino denota la insurgencia de este saber que va amacollando con creces.
Alfredo Mires
Quindewachanan, Cajamarca, abril 2006
Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
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